El Despido como Trinchera: Cuando la Oficina se Vuelve Búnker

¿Qué sucede cuando el “gracias por participar” se topa con un “de aquí no me muevo y háganle como quieran”? Recientemente, el mundo laboral fue testigo de un evento inusual: un empleado, tras ser notificado por voz de su despido, decidió no aceptar la salida y en cambio, atrincherarse en su oficina durante cuatro días y transmitir su resistencia en vivo por redes sociales (cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia).
Más allá de lo anecdótico o lo viral, este caso es un síntoma de una desconexión profunda en la neurociencia del trabajo y la gestión del duelo laboral, así como lo leen señoras y señores, esto se trata de un duelo laboral mal gestionado también.
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1. El Secuestro de la Amígdala en Prime Time
Desde la neurociencia, lo que presenciamos no fue un capricho o un berrinche nada más, sino una respuesta de supervivencia extrema. Cuando el cerebro percibe el despido como una amenaza de exclusión social (equivalente al dolor físico), la amígdala toma el control.
La amígdala cerebral es una pequeña estructura almendrada ubicada en lo profundo de nuestros lóbulos temporales, funcionando como el centro de mando del sistema límbico. Su labor principal es el procesamiento de las emociones y la detección de amenazas; es nuestra “alarma de incendios” biológica. ante la noticia de un despido, el cerebro no distingue entre un ataque físico y una exclusión social. Cuando la amígdala detecta esta “amenaza de muerte profesional”, puede bloquear las funciones de la corteza prefrontal —donde reside la lógica y la toma de decisiones—, provocando lo que conocemos como secuestro emocional. Es este impulso neurobiológico el que explica por qué un individuo racional decide que su única opción de supervivencia es atrincherarse y resistir.

El individuo, al verse “acorralado”, eligió la pelea sobre la huida. Al convertir su oficina en un búnker, recuperó una sensación de control territorial sobre un espacio que, psicológicamente, sentía como su extensión biológica. Las transmisiones en vivo no eran solo para informar; eran su fuente de dopamina y validación externa en un momento donde su valor profesional estaba siendo anulado.
El error crítico de la organización no fue el despido en sí, sino la falta de un cierre efectivo, pues desde una intencionalidad expresiva, el colaborador exigía “el papel”; en su narrativa el documento físico y firmado era el único símbolo de realidad que aceptaría. Mientras que, hablando estrictamente del enfoque de este artículo, al prolongar la notificación por escrito, la empresa dejó al colaborador en un limbo regulatorio. Sin una señal clara de finalización, el cerebro sigue en modo combate.
El Duelo no Negociado
Cada despido es una pequeña muerte. Si no se gestiona con un enfoque tanatológico —reconociendo las etapas de negación e ira—, corremos el riesgo de crear “mártires digitales”.
El costo de este “atrincheramiento” no solo fue la pérdida de cuatro días de operación, sino el daño reputacional de una marca que permitió que el conflicto se volviera un espectáculo público por no saber poner un punto final con claridad desde el minuto uno.
El liderazgo del futuro no se mide por cómo contratamos, sino por cómo dejamos ir. Si no somos capaces de diseñar salidas que contemplen las aristas neuro-emocionales del individuo, seguiremos viendo oficinas convertidas en búnkers y procesos administrativos transformados en crisis de relaciones públicas.



