El Día Después del Código Rojo

La ciudad recupera su movimiento, pero el silencio en las calles vacías de ayer aún resuena en nuestra fisiología, nadie se salva de sentir. Tras una jornada de persianas cerradas, incendios y noticias de última hora, que hicieron nuestro domingo de tranquilidad, un domingo de tensión; el anuncio del regreso a las actividades escolares y laborales llega con una mezcla de alivio y resistencia. ¿Cómo se vuelve al “orden” cuando el sistema nervioso sigue detectando una amenaza?
Para transitar de la supervivencia a la vida consciente en entornos de crisis, es vital entender qué sucede en nuestro interior (al menos por ahí podemos comenzar con lo que sí podemos controlar) y cómo nuestra comunicación puede ser el bálsamo o el detonante del caos.
La Neurociencia del Miedo: Por qué no podemos “simplemente relajarnos”
Cuando escuchamos “Código Rojo”, nuestra amígdala toma el control total. Esta pequeña estructura cerebral dispara una cascada de cortisol y adrenalina, preparándonos para la lucha, la huida o la parálisis.
- Experimentamos el secuestro emocional: En este estado, la corteza prefrontal —encargada del razonamiento lógico y la toma de decisiones— se debilita. Por eso, aunque veamos las calles despejadas, el cerebro sigue buscando peligros en cada esquina.
- Buscamos la recuperación biológica: El estrés agudo no se elimina por decreto. Regresar al trabajo mañana requiere reconocer que nuestros equipos y nosotros mismos operaremos con una “capacidad cognitiva reducida”. La empatía aquí no es un lujo, es una necesidad biológica.
Comunicación Responsable: El antídoto contra el “Contagio Emocional”
En tiempos de crisis, la comunicación es tan real como una barricada. El miedo se contagia más rápido que cualquier virus, y lo hace a través de nuestras palabras y dispositivos.
Necesitamos frenar la infodemia, compartir videos de violencia o rumores no confirmados mantiene al sistema nervioso en un estado de shock constante. La higiene informativa es salud mental.
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Hay que validar sin alarmar, hablar con colegas o familiares validando el miedo (“Es normal sentirnos así”) en lugar de minimizarlo. Sin embargo, la comunicación debe transitar hacia la acción y la seguridad con protocolos claros, redes de apoyo y certezas mínimas.

De Sobrevivir a Vivir
Mañana las aulas y oficinas abrirán sus puertas. Para que ese regreso no sea una fuente de ansiedad paralizante, podemos aplicar enfoques prácticos, por ejemplo:
Rituales de Regulación: Antes de salir, practica la respiración consciente. Informar al cuerpo, a través del nervio vago, que en este momento preciso estás a salvo, ayuda a retomar el control prefrontal y poco a poco la seguridad y confianza.
Foco en lo Esencial: No intentes recuperar la productividad de un lunes normal en un martes de post-crisis. Prioriza lo humano. Si lideras equipos, dedica los primeros minutos a escuchar, a normalizar el sentir y a reafirmar los lazos de comunidad.
Habita el presente: La ansiedad es el exceso de futuro (el “¿y si vuelve a pasar?”). La vida sigue cuando nos anclamos en el “aquí y ahora”, el trabajo que tenemos enfrente, el café compartido, la construcción de lo cotidiano.
Estos eventos nos hacen reflexionar que la arquitectura de una ciudad no la definen solo sus edificios, sino la confianza de quienes la habitan. Recuperar esa confianza no es un acto de negación frente a la realidad, sino un acto de resiliencia neural.
Hoy, cuidar lo que decimos y cómo lo decimos es nuestra mayor herramienta de seguridad. Mañana, volver a nuestras labores es la forma más poderosa de decir que nuestra identidad y nuestros sueños no le pertenecen al miedo. Construir comunidad desde la conciencia es, quizás, la respuesta más valiente ante la oscuridad.
No olvides que es importante acudir con tu psicólogo o médico para atender temas personales profundos que pudieron salir a flote con mucha notoriedad, pues aunque la comunicación sea estratégica, asertiva y armónica, siempre debe ser un mix en el trabajo integral de cada ser humano que decide ser mejor cada día.


